Una característica que distingue a la persona adulta es su capacidad de poder convivir con las consecuencias de sus propios errores. Algo semejante ocurre con las sociedades que se han forjado tras años de conflicto y que han aprendido el valor de la paz, como condición para la prosperidad económica, la cohesión social y el fortalecimiento del Estado de Derecho. En ese sentido, las sociedades que pueden ser consideradas “avanzadas” han podido emplear la política como lenguaje común donde las diferencias ideológicas pueden expresarse de manera pacífica. La libertad de expresión, la participación política y la presión colectiva son medios empleados por la ciudadanía para dar a conocer su inconformismo y su indignación, ante los poderes y las instituciones que influencian los destinos de la población; en contraste, el empleo de la fuerza, (manifestado su más letal expresión en el terrorismo contra la población indefensa), es la negación de cualquier uso público de la razón, de cualquier dialéctica que surja de la palabra. Para muchos, la fuerza es tentadora, pues no se requiere tanto de argumentos como de excusas al momento de emplearla.
El profesor Francisco A. Muñoz, profesor adscrito al Instituto de la Paz y los Conflictos de la Universidad de Granada, describe, desde múltiples puntos de vista, las implicaciones del sentido del conflicto, en su texto “La Paz Imperfecta: ante un Universo en Conflicto”. Desde el ámbito político pasando por el fenomenológico, el profesor Muñoz señala la omnipresencia del conflicto como superación de unas condiciones iniciales, como la oportunidad de crear un nuevo contexto para fortalecer ventajas, como encuentro entre puntos de vista contrarios, como forma para redefinir las sociedades y las culturas. El conflicto, para Muñoz, es inherente a la evolución y al cambio (en todas sus manifestaciones biológicas y, en especial, humanas). No se puede hablar de “conflicto” desde una posición quietista: el conflicto implica la posibilidad del desarrollo, la dialéctica de sentimientos y esquemas que se debaten entre sí. Desde un punto de vista amplio, casi cósmico, no podríamos, por lo tanto, hablar de paz. No obstante, la búsqueda del profesor Muñoz es reconocer las diferentes manifestaciones del conflicto, en la búsqueda de un fundamento científico y riguroso para hablar sobre las manifestaciones y los procesos que impliquen la paz. (Muñoz, s. f.)
La discusión que hace Muñoz en su texto sugiere que la cuestión de la paz ha sido, relativamente, de un origen muy reciente: de cómo se pueden implementar políticas y alternativas institucionales, aprovechando los recursos disponibles (humanos, financieros, ecológicos, institucionales, etc.) para la conservación de un ambiente que permita el desarrollo de los talentos individuales y la prosperidad de una comunidad, de una nación o de cualquier colectivo organizado. Esta visión acepta, al mismo tiempo, el rechazo de cualquier utopía que implique una paz “perfecta”: una paz donde el conflicto brille por su ausencia y donde no se dé la más mínima discusión. Una paz aparentemente celestial que no daría lugar a la contienda. Muñoz rechaza esta clase de visiones por su poco realismo y por su negativa a reconocer la naturaleza humana que se desarrolla con el encuentro y la discusión con el otro. Surge así una visión realista de la paz: una visión que está arraigada en las peculiaridades de cada comunidad o nación que busca aplicar medidas pacíficas de interacción con el otro, sin que este proceso pueda tener una fecha de cumplimiento predispuesto. Si comparamos las ideas de Muñoz con la serie de presupuestos enunciados al principio de este texto, podemos tener una primera conclusión: las sociedades “adultas” son realistas, en la medida en que tampoco se embriagan con la paz como utopía y fetiche; por el contrario, la paz sería vista como noción básica para la constitución y el fomento de una sociedad humana, la cual es consciente de los riesgos y de los desastres de vivir en una época donde el conflicto y la violencia generalizadas interrumpan la cotidianidad de todo un país, basado en el buen desempeño de las instituciones y de las personas.
Se podría hablar de paz de la misma forma que se puede hablar sobre “objetividad” o “libertad”: palabras demasiado grandes cuyo empleo se ve restringido por los hechos. Así como no existe la libertad absoluta o la objetividad impoluta, la paz no puede ser vista como un propósito para cumplir y ser tachado finalmente, en una lista de propósitos políticos. En la dificultad para ser aprehendida, la paz sirve, ante todo, como criterio de las relaciones no violentas: como plataforma donde las personas puedan verse y dialogar sin que se dé el acoso, la intimidación o la coerción. Por otra parte, la paz no surge de la subestimación o la resolución del conflicto en todas sus manifestaciones; ella (la paz) se da en la transformación del conflicto con un doble propósito: evitar el uso desmedido de la fuerza y estimular la potencialidad de la comunicación humana, arraigada en un contexto determinado. Por consiguiente, al rechazarse la ilusión de una paz, alejada de cualquier contexto y cercana a una caricatura deshumanizada de la dicha, se puede afirmar que jamás existirá una paz perfecta. Puede afirmarse que la paz es el recurso básico por medio del cual la humanidad ha podido conservarse a lo largo de la historia, dejando todo impulso de conflicto destructivo y atroz como confirmación del fenómeno universal y material del conflicto. El hombre habita en la paz imperfecta para refugiarse de los riesgos del conflicto como destino perpetuo de todas las cosas.
Sin embargo, las discusiones en torno a la paz se dificultan cuando analizamos los problemas y las divisiones de cada país en el mundo. Guerras religiosas, golpes de Estado, persecuciones raciales, violaciones de la soberanía, impotencia institucional de alcance mundial y diplomático, disputas fronterizas, imposiciones geopolíticas arbitrarias de países poderosos sobre naciones colonizadas, desestabilización de las tres ramas del poder público, menoscabo o ausencia del Estado: estos son algunos de los motivos que han alimentado las guerras durante toda la historia. La perspectiva de Muñoz sugiere que la modernidad, en cuanto al origen de las discusiones académicas sobre la paz, nació con la necesidad de dar un realce epistemológico a la inquietud de cómo evitar que el ser humano, después de ser testigo de la hecatombe causada por dos guerras mundiales, pudiera destruirse a sí mismo. Antes del S. XX, puede afirmarse que la paz, en términos geopolíticos, se entendía de manera negativa, como ausencia de guerra (como la superioridad del vencedor o la no conflagración entre los países). En cambio, la guerra, como se acaba de señalar, puede apelar, gracias a la flexibilidad de la dialéctica de las armas, a cualquier motivación: la superioridad de un credo, religión o cultura, encendida por medio de una retórica sugestiva y pendenciera, ha sido la excusa favorita de todos los tiempos. La multitud de razones para la guerra, comparadas con las humildes y resistentes razones para la paz y con la visión del conflicto como fenómeno universal, llevan a una conclusión semejante a la que llega el historiador John Keegan (2014, pág. 26): la guerra como motor de la cultura, la recursividad humana y oportunidad para la reflexión colectiva, una vez terminada ésta. Dicho lo anterior, se hace visible la gran dificultad de concebir la paz sin apelar necesariamente a la guerra o al conflicto, en mayor o menor intensidad.
Si se mira hacia el futuro, la excusa clásica de la nacionalidad o la religión como impulso bélico se erosiona ante las consecuencias de la globalización: la disolución de las fronteras comerciales, la crisis de la migración o el escepticismo que despierta, en los sectores más liberales de la sociedad, la idea del nacionalismo (como plataforma que permitiría sus manifestaciones más extremas: el patrioterismo y la xenofobia). Eric Hobsbawn (2006, pág. 52) se pregunta cómo se comprenderá estas nuevas dinámicas de la guerra, impulsadas a partir de la década del 2000, en una época donde la fragmentación de la sociedad global no permite conflagraciones universales como las que se experimentaron durante la primera mitad del S. XX. Un ejemplo de esto es cómo el terrorismo surge como explosión inesperada de furia vuela en pedazos la distinción entre campo de batalla y sociedad civil. El 9/11 es una fecha hito para comprender cómo el conflicto puede estar agazapado y revelarse de manera inesperada. ¿La ciudadanía está condenada a vivir en un constante estado de conmoción y de emergencia, ante cualquier amenaza? ¿La vigilancia constante, por parte de los Estados, se está erigiendo bajo discursos vacíos que niegan la omnipresencia del conflicto?
Teniendo en cuenta lo mencionado hasta aquí, incluyendo a Muñoz, Keegan y Hobsbawn, el discurso de la seguridad sobre la libertad se derrumba porque su base es débil: la seguridad vendida como iniciativa gubernamental y electoral tiene el envoltorio de la “paz perfecta”, de la paz que nunca podrá alcanzarse y que ignora todas las condiciones de cómo se han resuelto los diversos conflictos a lo largo de la historia. Ante dinámicas fragmentarias -como el terrorismo- se han dado respuestas endebles que, a largo plazo, han sido contraproducentes: la imposición de sociedades de control, basadas en la vigilancia perpetua, como un modelo inquisitivo, adaptado a las nuevas dinámicas de la sociedad de la información y de la telecomunicación. Se vende el discurso de la seguridad como equivalente al de la paz, sin que nadie de los que defienden dicho discurso se ruborice por su falta de conciencia histórica, su desprecio por la naturaleza humana y su incoherencia más allá de cualquier propaganda. En los últimos lustros, el rechazo absoluto a analizar, sin pasión, cualquier amenaza que despierte la más mínima inquietud social solamente desdibuja la comprensión de los factores sociales, económicos, geográficos y políticos que dan lugar a los más recientes conflictos y violencias. El rechazo absoluto a comprender la guerra es una invitación al conformismo, a la ceguera, a la división interna como base de un poderío estatal poco transparente que no le interesa que su población discuta, de manera democrática, las causas del conflicto. Como consecuencia de todo esto, de la incomprensión del conflitcto, se tendrá la división social, la segregación y el odio colectivo como muestra peligrosa del pensamiento más provinciano. Basta ver cómo la riqueza y la diversidad de la población islámica ha sido estigmatizada, casi en su totalidad, en occidente (Burleigh, 2008, pág. 641)
La discusión, desde la ciencias sociales, sobre la paz tiene, en consecuencia, una virtud pública urgente: evitar que el discurso empleado por políticos y gobernantes distorcionen las visiones de lo que arbitrariamente, según una serie de intereses oscuros y antidemocráticos, pueda ser definido como “paz”: llámese “lucha contra el terrorismo”, “seguridad sobre libertad” o “exclusión y rechazo del otro”. Los difíciles estudios sobre la concepción de la paz, en esta época contemporánea, deben integrar un componente que puede llamarse como “metafísica (más que fenomenología) del conflicto” para comprender, a continuación, las diferentes vivencias que posibiliten la paz (o que se acerquen a ella). En otras palabras: integrar, desde una visión ciudadana, la conciencia del pasado (y de cómo este es concebido conceptualmente) para observar, de manera más detallada, los retos del presente. La escritora y columnista Carolina Sanín recoge de manera elocuente esta dificultad de concebir la paz, al incorporarla a una visión sensible y cotidiana (puede decirse que es, igulmente, una visión estética), antes que la “paz” como palabra capturada por el monopolio verbal y simbólico de los políticos de turno:
La paz está en la utopía pero también está en todas partes; en el otro instante que está en cada instante y en la otra parte que está en cada parte. (No hablemos de paz) Hablemos, entonces, del cambio. Comprometámonos con el alivio de nuestro dolor, con el mejoramiento de nuestras condiciones materiales y con la reducción de nuestras torturas, pero no hablemos de la paz, de la que no puede decirse nada. Quizás entenderlo nos dé humildad y perspectiva, y quizás entender que nunca va a haber un tiempo de paz nos ayude a ver que la paz no se ha ido y a encontrarla fuera del tiempo, en el instante que no pasa, que es la salvación y que es cada instante. (Sanín, 2016)
En esta negativa de Sanín a hablar directamente de la paz, -como muestra de la dificultad de concebirla, de manera absoluta, sin la guerra-, está el reto de entenderla y de vivirla como un compromiso con el presente, con la autonomía individual y con la democracia real, en la construcción y la conservación de naciones y Estados “adultos”. Una paz que pueda entenderse desde el bienestar y el desarrollo personal, con la comprensión de un presente demasiado confuso, arraigado en un pasado que no puede entenderse de manera simplista, para evitar el olvido del conflicto y de cómo, inevitablemente, tenemos que convivir con él, evitando la catastrofe de subestimarlo o negarlo.
Bibliografía
Burleigh, M. (2008). Sangre y Rabia: una historia cultural del terrorismo. Madrid: Taurus.
Hobsbawn, E. (2006). Guerra y Paz en el Siglo XXI. Barcelona: Editorial Crítica.
Keegan, J. (2014). Historia de la Guerra. Madrid: Turner.
Muñoz, F. A. (s. f.). La Paz Imperfecta ante un universo en conflicto. Obtenido de http://www.ugr.es/~eirene/eirene/Imperfecta.pdf.
Sanín, C. (2016). La Paz Venidera. Obtenido de http://sostenibilidad.semana.com/opinion/articulo/la-paz-venidera-por-carolina-sanin/35026


